Más prendido que televisor de conserje me dijo un apoderado del jardín. Se suponía que hoy todos lo pasaríamos bien (peña solidaria, cuota de 5 mil pesos por persona, comida orgánica y guitarreo onda la casa en el aire*). Frente a la amenaza copuchenta del papá paquetón me defendí ayudando en la barra (escenario de alto riesgo que se vuelve en tu contra). Destaqué. La banda invitada es solidaria y me presta maquillaje. Mientras los lindos canjean el navegado de la entrada, yo una piscola con dos hielos, vaso plumavit tamaño medio. Dato relevante y urgente: el tamaño si importa, la cantidad también. En un dos por tres la voz se vuelve segura y fuerte. En otro dos por tres ya desembocamos en el famoso exceso de entusiasmo que, observado desde la distancia dolorosa del día después, reivindica la coprolalia y el hueveo califa, una revuelta poquín anárquica, último pestañeo, un coqueteo con la muerte –simbólicamente representada en mi bella señora-. Comportamiento prehistórico, salvajismo adolescente e incomprendido.
Querido familiar no te sorprendas con el desenfreno y la ausencia de autocontrol, siempre puede ser peor.
*y así todo se llamaba peña.
Marzo: Revista Lecturas
Hace 15 años

